Una amapola. Es en eso lo que se ha convertido mi rostro luego de que la mirada de Leo Dan ha dado un paseo por él. Me he sonrojado de ira y de deseo, de vergüenza y de incertidumbre.
Me le acerco arrastrando la pierna enferma porque ya no soporto quedarme más tiempo acostada en la cama. De tanto qué estado allí, se me ha pegado a la piel los relieves de la ropa de dormir.
Escruto su semblante frío y serio. ¡Qué desperdicio de hombre guapo con alma de viejo! Actúa como si tuviese ochenta años