Luciana no esperó más, salió despavorida hacia el interior del hotel, el corazón le retumbaba con violencia, aplastaba el botón del elevador, ansiosa.
Miguel no tardó en reunirse con ella, luego de darle una corta y breve disculpa al señor Pastrana, sentía el alma en vilo, con las manos temblorosas marcó al móvil del escolta que siempre vigilaba a los niños.
—Mis hijos —sollozaba Lu, sintiendo profunda desesperación.
—Tranquila amor, ya me estoy comunicando con el hombre que los custodia —ex