Río de Janeiro, Brasil.
Karla caminaba impaciente de un lado a otro por el frío y blanco pasillo de aquel hospital privado al cual trasladó a Emiliano, entrelazaba sus manos, con gran nerviosismo.
—Señorita. —La voz del médico hablando en portugués captó su atención.
Karla frunció el ceño, y por suerte conocía el idioma, así que habló.
—¿Cómo sigue? —indagó.
—Debemos operar ya, caso contrario el paciente se muere, ¿es usted familiar? —preguntó el especialista—, requerimos autorización.
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