Simone soltó una tétrica carcajada.
—Parece que tienes admiradores, mi querida Lu.
Luciana sintió las miradas lascivas de aquellos hombres sobre ella, y la piel se le erizó.
—¿Quiénes son? —cuestionó Luciana conteniendo el aire, se quedó estática, y luego recordó que dejó su bolso en los vestidores.
«¡M@ldición!» gruñó en la mente.
Simone se aproximó a ella, la observó con la mirada turbia.
—¿Creíste que podrías engañarme? ¿Me crees pendeja? —habló con voz gruesa.
Luciana tembló, sentía el