MÁXIMO
Tomo a Alai de la cintura y la pego a mi coche. Recorro con mis manos todo su cuerpo. Dios, cómo la deseo. Deseo todo de ella: sus besos, sus caricias, sus risas.
—Para, Máximo. Alguien nos puede ver. —Mierda, tenía razón.
—¿Quieres ir a comer conmigo? —Veo cómo se sorprende, pero después suaviza su gesto.
—Claro, me encantaría. —Le abro la puerta del copiloto y conduzco hasta mi restaurante favorito.
—Espero que te guste la comida italiana. —Veo cómo se le ilumina la cara.
—Me fascina. M