Exhaló un suspiro pausado, intentando tragar el nudo de culpa que le atenazaba la garganta, y empujó la puerta con suavidad.
El ambiente en el interior de la habitación estaba dominado por una luz ambarina y tenue, diseñada para no alterar los sensores neurológicos del paciente. El sonido rítmico, monótono e implacable del monitor cardíaco marcaba las pulsaciones de Ji-hoon, un compás electrónico que se instaló en el pecho de Valeria como un recordatorio de su propia debilidad. Avanzó con pasos