Subimos al coche en silencio y fuimos a la oficina. La carretera estaba en silencio; nadie rompía el silencio. Solo la radio sonaba débilmente de fondo, llenando el espacio entre las palabras que no estaban allí.
Bajé la vista un instante hacia mis manos en el regazo. Hacía unos minutos, nuestros dedos estaban entrelazados. Ahora no. Filipe me soltó en cuanto salimos de casa, volviendo a su habitual ser reservado y distante. Pero la calidez de su tacto seguía ahí, como si no hubiera desaparecid