Alana.
Dormí de maravilla. De hecho, dormí muchísimo mejor de lo que debería, considerando que hace menos de veinticuatro horas estuve encerrada en una cajuela, rozando la muerte por mi propia imprudencia. Quizás fue el efecto residual del sedante que me dieron en el hospital, o tal vez fue algo mucho más profundo: la certeza absoluta de saber que estoy a salvo. La seguridad que me transmiten los brazos de Christopher y la forma en que pronunció mi verdadero nombre anoche.
Lo dijo como si fuera