Capítulo 50

Christopher.

El sol de la mañana se filtra suavemente por las rendijas de las cortinas, tiñendo la habitación de un tono dorado cálido. Pero lo que realmente me obliga a mantener los ojos abiertos es el peso ligero sobre mi pecho.

Alana sigue aquí.

A diferencia de las otras veces, esta vez se ha quedado. Está profundamente dormida, acurrucada de costado contra mí. Las sábanas se han deslizado un poco, dejando al descubierto la calidez de su hombro y la silueta de su espalda.

Bajo la luz del día
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