Después del caos, vino un poco de paz.
Mientras Adrian Ross finiquitó el asunto con la señora Humble, Alessa no pudo evitar sentir que el mundo estaba dando vueltas a su alrededor. Sabía que Leonardo se iría ese mismo día, que ya había acabado todo, porque él debía marcharse. Alessa se mordió el pulgar, inquieta.
—Eh, ¿qué tienes? —le preguntó Patricio, frunciendo el ceño.
—Nada, nada —mintió apresurada, demasiado distraída con el peso de su celular.
¿Leonardo no la llamaría al menos? ¿O la cit