El jefe Reynolds le abrió la puerta cuando llegaron a la mansión y la miró de cerca. Por primera vez, Alessa pensó que el olor de su colonia era delicioso.
—¿Pasa algo, Reynolds?
—No mencione a Elliot Le Roux delante del señor Gold.
—Je, ni me acordaba del tipo ese. —Era verdad, ya se le había medio olvidado la existencia de ese hombre—. Pero, ¿por qué? Ay, Reynoldsito, siento miedo.
Él tuvo un tic en su ojo, como si quisiera rodar los ojos.
—Es una advertencia, señorita Sinclair. Vaya con el