Alessa fue presa del corrientazo que produjo su gemido cuando Leonardo le mordisqueó el cuello y la acorraló contra el Jeep.
Sus besos la despertaron del letargo. Sus manos fueron tan implacables como su intención. Sin embargo, él estaba abriéndole la blusa cuando la ira resurgió y lo empujó hacia atrás. Asimismo, se alejó del Jeep y de él.
—Estás equivocado. Muy equivocado, señor Gold —lo apuntó con un dedo, agitada, afectada por sus trucos. Pero no menos cuerda ni menos decidida—. Así no func