Alessa esperó hasta sentirse un poco mejor del malestar que sofocaba sus sentidos. No sabía muy bien de qué se trataba, pero definitivamente no se trataba de un embarazo. El implante anticonceptivo todavía estaba en su brazo. Leonardo era una bestia generosa en la cama, en la oficina, en cualquier rincón donde pudiera derramar sus pasiones indomables, pero tampoco podía vencer esos métodos clínicos con su gran virilidad, ¿cierto?
Mientras bebía aquella cosa verde del vaso con pajita, se quedó s