La visita se extendió a través de una biblioteca de ensueño que, al compararla con la de nuestro colegio, una vez más resultaba mucho mejor y, cuando estábamos por salir, Myriam me jaló del brazo.
—Mira, ¿es lo que creo que es?
Me disculpé con Laura y seguí a Myriam al lugar que señalaba.
—Esto sí no lo puedo creer —dije, con las dos manos sobre mis labios.
Enfrente mío, en un extenso anaquel, estaba la colección de libros de novela romántica más extensa que había visto en mi vida e iban des