Todos nos quedamos atónitos ante la frase que soltó la pelirroja. Yo apreté inconscientemente la mano de Federico entre la mía, y él me miró.
Alexander seguía ahí, con la mujer prácticamente colgada de su cuello. Parpadeó un par de veces sin entender claramente sus intenciones y luego murmuró con voz baja:
— ¿Un hijo? — preguntó, claramente igual de confundido que todos los que estábamos en la sala.
La mujer sonrió y, cuando deslizó sus largos y pálidos dedos por el rostro de Alexander, sentí