Y cualquier discusión sobre Mijail que ella no iniciara o controlara la ponía a la defensiva, la disparaba a la guardia de una manera que él reconocía muy bien en sí mismo. Y ese pequeño desliz...
Cuando cruzó la puerta, encontró a Karerina sentada rígidamente a la mesa del comedor, con una botella de Dom Pérignon abierta junto a dos flautas chispeantes.
Un brillo maníaco iluminó sus ojos muy abiertos, desmintiendo su intento de indiferencia.
—Siéntate. Relax.
—Solo dime lo que necesito saber—.