Capítulo 8
Sinead respiró aliviada cuando el médico le confirmó que solo se trataba de una herida superficial y que tenía los huesos intactos, pues la lámpara apenas la había rozado al caer. Así que, al terminar la consulta, regresó a su casa con la mano debidamente vendada.

A medida que se acercaba el momento de irse junto a su familia, la sala comenzó a llenarse de maletas de todos los tamaños. Sinead guardó reposo un par de días y luego se reunió con algunos amigos cercanos para avisarles de su mudanza al extranjero. Ellos organizaron una cena de despedida. El ambiente era nostálgico debido a su inminente partida y todos le pidieron que siempre se mantuviera en contacto con ellos.

La reunión terminó casi de madrugada. Tras despedirse de sus amigos, Sinead pagó la cuenta y regresó al privado a recoger su bolso antes de irse. Al pasar frente a la puerta contigua, que estaba entreabierta, escuchó varias voces familiares.

—Nelson, ¿qué se siente al fin quedarte con la mujer que te traía loco desde la secundaria?

—Siento que si me muero hoy, me muero feliz —respondió él, con un tono alegre.

Todos se echaron a reír.

—¿Y qué pasó con tu amiguita? —bromeó uno de ellos.

Tras unos segundos de silencio, Nelson respondió con desinterés:

—¿Ella? En la cama no está nada mal.

—Qué envidia. Ninguno de nosotros tiene a alguien siempre disponible, que venga cuando quieras y sin dramas.

El grupo soltó una carcajada. Nelson apenas alzó una ceja y ni siquiera intentó desmentirlos.

—Pero ahora que te vas a casar con Irene, ¿qué vas a hacer con ella?

—Cortar por lo sano, obvio. Irene es la única que me importa, las demás me dan igual.

Lo dijo con tanta seguridad que los demás comenzaron a elogiar su supuesta lealtad. Sinead se clavó las uñas en las palmas de las manos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Pensó que ya lo había superado, pero al escucharlo sintió como si le destrozaran el corazón.

Veinte años juntos… Las llamadas nocturnas, las veces que se tomaron de la mano, se besaron y se acostaron… Todo se reducía a una simple frase: “En la cama no está nada mal”.

Se mordió el labio para contener el dolor y se alejó con lentitud. Afuera estaba lloviendo. Sinead agachó la cabeza lista para cruzar la calle, pero le cerraron el paso. Era Irene, acompañada por cuatro mujeres que la miraban con asco.

Sinead no dijo nada. Justo cuando levantaba la mano para pedir un taxi, Irene la agarró.

—Sabía que había algo raro entre ustedes. Ahora ya entiendo todo. Eres una cualquiera y llevas años acostándote con mi novio.

El odio en su voz hizo que Sinead palideciera un poco más. Quiso replicar, pero Irene no le dio oportunidad y la miró con desdén.

—Me da igual lo que hayan tenido antes, pero él ya está comprometido conmigo y sigues buscándolo. ¿Tanto te gusta ser la otra?

A Sinead se le aceleró el corazón y tuvo que respirar hondo para calmarse.

—No soy la otra y no vine a buscarlo...

Irene no la dejó terminar. Miró de reojo a sus amigas y les hizo un gesto.

—¡Llévensela adentro y busquen al tipo del callejón de atrás!

Ellas entendieron al instante. Rodearon a Sinead y comenzaron a empujarla por las escaleras hacia la planta alta.

—¡¿Qué están haciendo?! ¡Suéltenme!

El pánico la invadió. Sinead forcejeó con todas sus fuerzas, pero eran demasiadas contra ella. La metieron a la fuerza en el último privado del pasillo y cerraron con llave por fuera. No pasó demasiado hasta que volvieron a abrir la puerta y empujaron hacia adentro a un indigente de los alrededores.

Irene soltó una risa burlona antes de dar un paso atrás.

—Esta mujer anda desesperada. Ahí te la dejo. Es toda tuya, así que diviértete.

Enseguida, volvió a encerrarla. El hombre no perdió tiempo y se lanzó sobre Sinead con los ojos desorbitados. Desesperada, ella dio manotazos y lo rasguñó, tratando de defenderse como podía. Sin embargo, él era mucho más fuerte. De un tirón le rasgó el vestido por el pecho y aplastó la boca contra la suya, con un aliento repugnante que apestaba a alcantarilla.

En medio del terror y la furia, ella alcanzó un cenicero pesado de vidrio que estaba sobre la mesita y, sin dudarlo, se lo partió en la cabeza. El hombre soltó un grito y se desplomó inconsciente.

Sin poder creer que se había salvado, Sinead tomó su teléfono y salió corriendo al pasillo. Irene todavía estaba parada en la parte alta de las escaleras.

Al verla, Irene se sorprendió y volvió a sujetarla con rabia.

—¡¿Cómo demonios saliste?! —gritó intentando arrastrarla de nuevo.

Sin embargo, por el rabillo del ojo vio a Nelson, quien salía de una sala contigua rumbo a las escaleras. En un segundo, la expresión de Irene cambió por completo. Fingió un forcejeo y se dejó caer por los escalones.

Nelson llegó a la parte superior justo a tiempo para presenciar la caída. Asustado, bajó corriendo y levantó a Irene del suelo para abrazarla. Al verla llorar, llena de raspones y quejándose del dolor, levantó la mirada hacia Sinead.

—¡¿Por qué carajos empujaste a Irene?! —le gritó, enfurecido.

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