Al día siguiente, a mitad de la celebración, Nelson e Irene anunciaron la fecha de su boda. Solo en ese instante Sinead comprendió que el evento no era únicamente por el cumpleaños de Nelson, sino también su fiesta formal de compromiso.
Los asistentes comenzaron a aplaudir y muchos se acercaron para felicitarlos. Sinead, por su parte, se quedó sola en un rincón desde donde los vio besarse completamente felices. No sintió nada.
Cuando llegó el momento del brindis, Irene se acercó del brazo de Nelson y le sonrió mientras alzaba su copa.
—Sinead, como eres tan amiga de Nelson, ¿te gustaría ser mi dama de honor?
—Disculpa, ya tengo planes para esa fecha. No podré asistir —respondió ella con tranquilidad.
Que se negara tan rotundamente molestó a Nelson a tal punto que el semblante le cambió y la miró con frialdad.
—Da igual si no viene —soltó con aspereza—, con que mande el regalo es suficiente.
Sinead apenas asintió.
—Tranquilo. Después de tantos años conociéndonos, claro que les mandaré un regalo a la altura.
Su voz sonó tan calmada y sincera que casi parecía desearles lo mejor de verdad. Al recordar lo que ella le había dicho en la tienda días atrás, Nelson se la quedó mirando con incomodidad. Justo en ese momento empezó a sonar una melodía alegre en el piano y él, sin saber qué más responder, tomó a Irene de la mano y se la llevó a la pista de baile.
Las luces los iluminaban mientras bailaban con elegancia entre los demás invitados. Al ver lo cariñosos que eran, algunas personas murmuraron con admiración y cierta envidia:
—Se ven perfectos juntos, pero comprometerse con tan solo un mes saliendo... ¿No van demasiado rápido?
—¡Cómo crees! Si Nelson lleva años enamorado de Irene. Ahora que por fin le hizo caso, era obvio que no iba a perder el tiempo.
Sinead se recostó contra el respaldo del sillón y los observó en silencio, con la mente revuelta. Nelson había sido quien la enseñó a bailar. En aquel entonces ninguno de los dos tenía ritmo y ella no paraba de pisarlo con los tacones. Él jamás se molestó. Al contrario, se inclinaba con una sonrisa pícara y le susurraba al oído: “Por cada pisotón, me debes un beso”.
Ese día Sinead aprendió a bailar. Cuando terminaron, él tenía los pies llenos de moretones y ella los labios hinchados por sus besos.
Pensaba que él correspondía a sus sentimientos, que ya ocupaba el lugar de una novia en su corazón. Pero tras el regreso de Irene, Sinead entendió lo ingenua que había sido y la ridiculez de sus suposiciones al ver cómo Nelson se desvivía por complacer a otra mujer.
Sumida en sus pensamientos, no notó que un joven se le acercaba. El invitado le sonrió con cortesía y le extendió la mano para sacarla a bailar. No estaba de ánimos, así que intentó negarse, pero él insistió. Como la pista ya estaba llena y no quería arruinar el ambiente ni llamar la atención, terminó aceptando.
Aunque no se conocían, tuvieron una química instantánea. Se movieron despacio, al ritmo suave de la música. El calor en la mano del joven y la delicadeza con la que la guiaba hicieron que Sinead bajara la guardia y, por fin, disfrutara del momento.
Fue la primera vez que Nelson la vio sonreír en toda la noche y no le gustó para nada. Su semblante se volvió severo. No dejaba de mirarla de reojo con el ceño fruncido, al punto de tropezar varias veces mientras bailaba. Irene lo notó y se lo quedó mirando con cierta duda.
Sonó otra canción y todos en la pista intercambiaron parejas. Sinead se tensó al descubrir que la mano que tomaba la suya era la de Nelson. Bajó la mirada de inmediato.
Apenas habían completado un giro cuando todo se salió de control. Un crujido resonó en lo alto y el candelabro de cristal del techo se desprendió. Por reflejo, Nelson soltó la mano de Sinead, corrió hacia Irene y la cubrió con su cuerpo para apartarla del peligro.
Sinead apenas tuvo tiempo de mantener el equilibrio. El candelabro cayó rozándole el hombro y le abrió una profunda herida en la mano. La sangre brotó, manchando de rojo intenso la tela blanca de su vestido. Un horrible dolor la recorrió por completo. Sin poder evitarlo, dejó escapar un quejido mientras su rostro se ponía cada vez más pálido.
A solo unos pasos, Nelson abrazaba a Irene, tranquilizándola mientras la llevaba hacia la salida. No miró a Sinead ni siquiera una sola vez.