Capítulo 6
A la mañana siguiente, apenas Sinead bajó las escaleras, se encontró con Nelson. Estaba sentado en el sofá con una expresión severa.

—¡Sinead!

Por su tono, era evidente que se encontraba de muy mal humor. Sin embargo, ella no tenía la menor intención de calmarlo ni de seguirle la corriente.

—Buenos días. Voy a salir con mi novio, así que no me puedo quedar contigo. Estás en tu casa.

La rabia que Nelson llevaba días aguantando por fin estalló. Se levantó de golpe, la agarró de la muñeca con fuerza y la miró enfurecido.

—¡¿Desde cuándo tienes novio?!

Ella no respondió ni tampoco mostró un ápice de temor. Esto enfureció aún más a Nelson, quien apretó el agarre casi sin darse cuenta.

—¿Te comieron la lengua los ratones? ¡Dime algo!

Sinead intentó soltarse, pues ya tenía la piel enrojecida.

—¿Y a ti qué te importa? —respondió con frialdad—. No te metas donde no te llaman.

Justo cuando la discusión estaba por salirse de control, Liana bajó las escaleras y los separó.

—¡Ya, tranquilos! Solo anda de mal humor. Ha estado ocupadísima últimamente, ¿de dónde va a sacar tiempo para tener novio? Eso tendrá que esperar. Crecieron juntos, así que hablen las cosas con calma y ya no peleen.

Ambos se soltaron y se quedaron en silencio. Liana dudó un momento antes de dejarlos solos, pero finalmente se retiró. Solo entonces Nelson comprendió que se había excedido. Con la cabeza un poco más fría, pensó en lo que acababa de escuchar y frunció el ceño. ¿Liana había dicho que Sinead estaba demasiado ocupada? ¿Pero en qué? ¿Y qué era lo que tendría que esperar para después?

Sin entender nada, miró a Sinead.

—¿O sea que... me estabas mintiendo?

Ella lo miró de reojo y fue a sentarse en un sillón individual en un rincón de la sala para mantener distancia.

—¿Qué quieres?

Al ver cómo esquivaba la pregunta, Nelson supo que solo quería llevarle la contraria. Soltó un suspiro y fue directo a lo que de verdad lo molestaba.

—Mañana es mi cumpleaños. ¿Por qué no vas a ir?

—Estoy ocupada y no tengo tiempo —respondió con indiferencia.

Esa frialdad volvió a enfurecerlo, por lo que levantó la voz:

—¡¿Ocupada en qué?! ¡¿Qué es más importante que mi cumpleaños?! ¡Antes eras la primera que quería celebrarlo conmigo!

Sin alterarse, Sinead le dio un trago a su vaso de agua.

—Las cosas cambiaron. Ya tienes novia. Eso se lo tienes que pedir a Irene, no a mí. Yo solo soy una extraña.

Por alguna razón, la palabra “extraña” lo incomodó. Nelson cruzó una pierna sobre la otra y entrelazó los dedos, fingiendo que no pasaba nada.

—No me importa. Tienes que ir. ¿O ya se te olvidó que todavía me debes una promesa? Primero fue tejer aquella bufanda. Después, acompañarme a la montaña nevada. Falta la última. Tienes que ir a mi cumpleaños.

Esta vez Sinead no le respondió con un reproche. Simplemente agachó la cabeza. Ese silencio exasperó aún más a Nelson, por lo que su tono se volvió cortante:

—¿Y no recuerdas por qué aceptaste?

Por supuesto que lo recordaba. Tres años atrás, habían ido juntos a la playa y la marea empezó a subir de golpe. A ella le dio un calambre en la pierna y la corriente la arrastró mar adentro. Nelson se lanzó al agua sin dudarlo un segundo y logró sacarla hasta la orilla, pero terminó tan exhausto que por poco se muere. Sinead se quedó llorando junto a su camilla en el hospital, totalmente angustiada por perderlo. Incluso sintió que se moría con él.

Cuando él por fin abrió los ojos, le secó las lágrimas con ternura.

—Lloras tanto que cualquiera pensaría que me morí —murmuró.

—¡Ves que estoy preocupada y sales con esas tonterías! —le reclamó ella en aquel entonces, golpeándole el hombro con impotencia. Él se cubría entre risas pidiéndole que parara mientras intentaba consolarla.

—Bueno, está bien... Si de verdad me quieres tanto, cúmpleme tres deseos.

Sinead volvió a guardar silencio mientras pensaba en el pasado. Pasaron varios segundos hasta que levantó la mirada.

—Está bien. Después de que te lo cumpla...

El timbre del teléfono de Nelson la interrumpió. Él se levantó y contestó la llamada mientras caminaba hacia la salida.

—Con eso me basta. Mañana no me falles.

Cruzó la puerta sin voltear. Al verlo irse, Sinead terminó la frase que había dejado a medias:

—No volverás a saber de mí.

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