El hombre alto y fornido, tenía la mano libre apoyada sobre la mampara de cristal, nublada por el vaho, y los ojos grises fijos en la puerta.
Sus bolas pesadas se tensaban, sus caderas ondeaban eróticamente y sus dedos formaron un círculo apretado alrededor de la gruesa cabeza, imitando los labios de su esposa.
Pero nada le hacía justicia al placer de la boca de Lily mamándolo y el morbo lascivo de tenerla sumisa a sus pies.
—¿Qué esperas, nena? Vamos… —gimió en voz baja.
Sin embargo, Lilianne