NATHALIE
—¡No! —grité presa del pánico, con el corazón destrozado. Lo vi caer, vi su cuerpo terminar en el suelo como si fuera un simple bulto; todo pasaba en cámara lenta, su cabeza rebotó contra el pavimento, no puede ser verdad, ¡Damián! Grita mi mente, pero mi cuerpo no se mueve ni un centímetro.
—¡Llamen a una ambulancia! —Escucho voces, pero yo sigo en el pavimento; las lágrimas recorren todo mi rostro, pero mis hijos reaccionan; sé que quieren que él esté bien, tiene que estar bien.
—Querida, ¿estás bien? ¡Mi niño! Damián —Es Estefanía, está tan destrozada como yo; ella me abraza y yo sigo incrédula, como si no diera crédito a lo que vi; es como si las desgracias nos siguieran en todo momento.
—Señora, ya llamé a la ambulancia. ¡No lo toquen!
Grita Marcelo; Nicoleta me ayuda a levantar del suelo. No quiero, pero sé que debo acercarme; la sangre corre como río, mis piernas tiemblan.
—Tranquila, señora, el señor está vivo, mire, ahí vienen los paramédicos. —No sé si pasó uno, dos