—¡Sebastián, bájame! ¡Puedo caminar sola!
Si alguien nos veía así, los rumores no tardarían en correr.
—¿Vas a tomarte el día libre mañana? —preguntó con su calma habitual.
—¿Por qué debería faltar si estoy bien? —Tiré suavemente de su brazo—. ¡Bájame!
Sebastián me sostuvo más firme aún.
—Si sigues caminando con esa herida, mañana ni siquiera podrás venir. La empresa tiene mucho trabajo, y no tengo a nadie que te reemplace.
—Mi pie no está tan mal como crees.
Mientras hablábamos, ya habíamos sal