—Te equivocas —le dije, con mi rostro tan próximo al suyo—. No te engañé de la manera que crees, nunca me acosté con él. Ni lo hubiese hecho.
Sus ojos centellearon en peligrosas tonalidades azules y sus labios se volvieron una apretada línea.
—¿Engañarme de la “manera” en que creo? ¿Cuál es esa manera, Cyra?
Exhaló despacio y se inclinó más sobre mí. Yo me eché para atrás, pero ya no había espacio.
—¿Es coger con él la única “manera” en que tú, mi esposa, podrías engañarme?
Me quedé quiet