Los días transcurrieron en aparente calma al interior de la casa Villalba. La rutina se mantenía inalterable, y aunque el aire parecía tranquilo, Elena sabía muy bien que bajo la superficie se escondía un torbellino de incertidumbre.
Una tarde, mientras Elena y Camila Villalba leían cada una un libro en la sala, después del almuerzo, la puerta principal se abrió de golpe. Rodrigo Villalba irrumpió en la habitación con la presencia imponente que siempre lo caracterizaba. Pareció sorprenderse un