Rodrigo miró a su hija con furia contenida. Había cerrado la puerta con fuerza tras de sí, el eco del golpe reverberó en la sala privada. Su mandíbula estaba tensa, el ceño fruncido, y sus puños se apretaron a ambos lados del cuerpo. Leticia, en cambio, mantenía una postura erguida y desafiante, con los brazos cruzados y la mirada fija en él. Por primera vez en su vida, no se doblegaría ante su padre.
—No puedo creer que hayas llegado tan lejos, Leticia —espetó Rodrigo con un tono cargado de v