El restaurante en el último piso del hotel era un exquisito refugio de lujo y discreción. El ventanal de cristal ofrecía una vista impresionante de la ciudad, con sus edificios imponentes y calles vibrantes extendiéndose hasta el horizonte. La atmósfera era serena, con un murmullo bajo de conversaciones y el tenue tintineo de copas chocando entre sí.
Alejandro y Elena fueron conducidos a una mesa privada, apartada del resto del salón, donde la luz del sol al mediodía bañaba sutilmente la mantel