ELENA
Desperté con la sensación incómoda de que algo había cambiado en la casa… o en mí. No era temor. Era esa vibración sutil que te recorre el pecho cuando sabes que hay una tormenta formándose, aunque el cielo parezca quieto. Desde que Damond me pidió que me mudara aquí, la mansión había sido un refugio extraño: demasiado grande, demasiado silenciosa, demasiado llena de secretos. Pero ahora, mientras bajaba las escaleras, sentí que cada sombra tenía un dueño y cada esquina un ojo invisible.