A LA mañana siguiente, Vivian ya estaba levantada y había completado su rutina habitual. Para cuando bajó, Adrian estaba sentado a la mesa del comedor, con el portátil abierto y los dedos moviéndose rápidamente sobre las teclas.
—Cariño, ¿todavía no estás listo para irte? —preguntó ella, entrando en la habitación con una tenue sonrisa.
Él levantó la vista y se detuvo. Sus ojos se suavizaron, recorriéndola de pies a cabeza.
—Estás despampanante. ¿A dónde vas?
Vivian parpadeó sorprendida.
—Espera