LAS grandes puertas dobles de la mansión se abrieron con un suave crujido, dando paso a una cascada de luz que se derramaba sobre el vasto salón. Vivian entró primero, impecablemente vestida con un vestido ceñido color crema que abrazaba sus curvas como una segunda piel. El dobladillo rozaba sus rodillas y el escote era atrevido pero elegante, acentuado por un collar dorado que brillaba bajo la luz de la lámpara de araña. Sus tacones de aguja repicaron con orgullo contra el suelo de mármol; cad