Se cruzó de brazos, a mi vieja no podía gritarle como lo hacía con otras personas.
—Según el señor Dios.
—¡No metas a Dios en esto!
Me regañó, aún no sé cómo la gente tiene tanta fe en él. Aunque fui partícipe de un milagro después de realizar la promesa. Además, sé lo que sentí, eso no podía negarlo.
» El culpable de lo que te pasa eres tú. A él déjalo a un lado. —Me miraba y recriminaba, como supongo deben hacer las madres—. ¡Y asume tus decisiones, jovencito! Si tanto la amas, ¿por qué la de