No sé qué tiempo había pasado, solo descargaba puño tras puño, las manos me dolían, sé que me estaba jodiendo los nudillos. Algo quería salir de mí, aumenté mis impactos, sacando el último aliento y gritando su nombre. ¡PATRICIA! Caí de rodillas y al hacerlo vi a todos mis amigos alrededor del ring. Con sus trajes de gala.
Mis manos estaban ensangrentadas, no podía abrirlas. Ana llegó a mi lado.
—Debo curarlo, doctor. —Ella se había quedado como la nana de los hijos de Aníbal.
—Me duele más el