—Amor, ¿puedes ayudarnos con Aníbal? —alzó su rostro que estaba sobre mi pecho.
—No te entiendo.
—Pelinegra, tú eres excelente con la puntería, él la perdió, ayúdale, sé su profesora de armas.
—¿Estás seguro? —tenía los ojos iluminados.
—De hecho, serás la profesora de nuestros hijos y sobrinos. Ellos no dispararán armas, pero sí podemos hacer un entrenamiento de tiro al blanco con flechas, ir entrenando las vistas de ellos.
—¡¿Es en serio lo que me dices?!
Se sentó sobre mi pene de nuevo, aunq