—Mami. —Dante tomó mi cara—. No lole, no ma, —Enrique comenzó a darme besos en la mejilla, devolviéndome el acto que hago cuando se han caído y les doy besos mientras lloran. Me aferré a ese par de cuerpecitos, mientras el llanto seguía y seguía. Nadie dijo nada, todas me dejaron llorar. Al rato, cuando Dante y Enrique, como cosa rara, se quedaron dormidos en mis brazos.
—Ven y te ayudo hija.
—Gracias, papá.
—Vi que hay una habitación con el nombre de Roland, Consuelo y yo tomamos una de las