—¡Ay niña! Ven acá.
Fueron los brazos de uno de sus hermanos los que me consolaron, estaba cubierta con la sabana, no volvió a decir nada, solo acarició mi hombro. Después de unos minutos me calmé.
» Anda mujer, báñate, y con la frente en alto demuéstrale al mundo que tu alma no te duele. Eso te lo diría mi madre. Te espero afuera para irnos al Rancho.
—Si señor.
Apenas se fue ingresé al baño. Volví a bañarme, estaba en un estado de idiotez aguda y mi estupidez estaba en cuidados intensivos. Es