Salí sobre las cinco de la mañana, sonreí cuando le dije a Verónica que era mejor que me dedicara al trabajo desde la madrugada para evitar un dolor de testículos, por no hacerle el amor, más por lo acostumbrados que estamos a nuestro infaltable mañanero.
—Patrón, ¿por qué tan madrugador? —saludé a Jacinto. Me puse el sombrero.
—Jacinto, es mejor evitar tentaciones. —sonrió.
—Felicidades por sus hijos.
—Gracias. —siempre trabajo a la par con ellos, pero yo empiezo después de siete.
—Ya las vaca