Esperaba la respuesta de mi pelinegra, ella me miraba, luego sonrió.
—Dale un par de patadas de mi parte, no me gustó que se dejara llevar por los celos y por eso quemó la casa. —solté una carcajada.
—Pelinegra. —La atraje de nuevo hacia mí—. Necesito que me des el otro teléfono que tu novio no tiene. —volvió a reír.
—No se te escapa nada.
—En dos días regreso. Mientras tanto le haces caso a esos dos hombres, desde ahora serán tus guardaespaldas.
—Querrás decir dos gigantes.
—Cuídate. —La besé—