Al momento, Patricia caminó lentamente directo hacia Juan, extendiendo su delicado brazo, y con una mirada apasionada le dijo: —Señor Juan, ¿puedo invitarle a bailar conmigo?
De inmediato, todo el salón quedó en un silencio absoluto.
Todos tenían una expresión de gran asombro.
Patricia había rechazado a tantos jóvenes talentosos de grandes familias, pero ahora invitaba a ese chico.
En ese instante, la cara de Jesús y los demás se pusieron extremadamente feas.
¡De veras, qué terrible humillación!