Clarisa, al escuchar las palabras de la abuela Abarca, se arrodilló de inmediato con un sonido seco.
—¡Celeste, por favor, regresa! Te pido perdón.
Quirino también se arrodilló de golpe, con la misma expresión solemne.
—¡Celeste, regresa! Yo también te pido perdón.
Odón, no queriendo quedarse atrás, siguió el ejemplo y también con humildad se arrodilló.
Al ver que Celeste seguía indiferente, la abuela Abarca hizo un gesto, como si estuviera a punto de arrodillarse también.
—¡Dios mío, ¿qué estoy