Celeste, con una suave sonrisa, llenó de nuevo su copa de vino y miró a Juan con ternura. —Aunque nunca me has contado todo lo que has pasado estos años, sé que esto no ha sido fácil para ti.
—Perdóname, hermano, por no haberte encontrado antes y cuidarte como lo merecías.
De repente, su voz se quebró y comenzó a llorar desconsolada, cubriéndose la boca con la mano mientras las lágrimas caían de forma incontrolable.
Juan se le acercó y, con suavidad, le dio unas palmaditas en el hombro. —Hermana