Al ver que su hijo seguía parado allí sin decir nada, Lizardo, enfurecido, le dio una fuerte bofetada en la cara: —¡Maldito inútil! ¡Todo esto es culpa tuya!
Francisco salió volando por el golpe y cayó al suelo, con un fuerte zumbido en los oídos, quedando inconsciente al instante.
—Ya basta de hacer teatro— interrumpió Juan. —Hoy solo te doy una advertencia. Si vuelves a cometer otro error, no tendré misericordia alguna.
—¡Sí, claro! —Lizardo, temblando de miedo, se golpeó el pecho varias veces