A la mañana siguiente, Juan volvió a encontrarse con Tiberio y Anabel.
Esta vez, ambos habían venido a buscarlo por su propia iniciativa.
Con una mezcla de sorpresa y alegría, Juan preguntó con curiosidad: —¿Tiberio, acaso han encontrado el paradero de mi hermana?
La razón por la que preguntaba era porque sabía que ambos siempre estaban ocupados con sus responsabilidades oficiales y raramente lo visitaban sin motivo alguno.
—Juan, lo siento mucho— respondió Tiberio, sacudiendo la cabeza con una