Con las palabras de Salvador, su aura cambió por completo. Ya no era aquel anciano débil e insignificante, sino una existencia terrorífica, capaz de dominar la vida y la muerte de los demás sin esfuerzo alguno.
Bajo esa presión, todos los presentes sintieron cómo sus corazones se llenaban de pánico y confusión.
Esa era la verdadera temible habilidad de un maestro: sus simples acciones y palabras podían afectar de manera profunda la mente de la gente común.
—Señor González, déjame probar tu fuerz