A la mañana siguiente, alrededor de las nueve y media, el auto de Pelayo se detuvo de repente frente al hotel donde se hospedaba Juan.
Algunos transeúntes reconocieron de inmediato a Pelayo y se quedaron asombrados al verlo, pero lo que más despertó su curiosidad fue ver a una figura tan importante como él, aparentemente esperando a alguien.
Pronto, un joven de aspecto sencillo, pero con un aire distinguido salió del hotel.
—¡Señor González!
Pelayo y sus acompañantes inclinaron ligeramente el cu