—Señor González, ¡es todo un malentendido, un gran malentendido!
Pelayo se inclinaba en señal de disculpa, mientras el sudor le corría por la frente de manera descontrolada, y sus piernas apenas podían siquiera sostenerlo.
También había escuchado ciertos rumores sobre Juan, y en su momento pensó que jamás podría permitirse ofender a alguien así.
Pero ni en sus peores pesadillas se habría imaginado que este señor González llegaría a su territorio, y que su propio hijo lo habría ofendido por compl