Caridad, a diferencia de los demás, estaba sentada sola en la cima de una colina, en completo silencio. A su alrededor, el paisaje era bastante desolador, teñido de sangre y marcado por una sensación de tragedia. La escena era tan desgarradora como solitaria.
Juan no pudo evitar mirarla con algo de admiración. Esta mujer, que normalmente se mostraba altiva y despreocupada, resultaba ser alguien que cargaba con una fuerza interior sorprendente. Todo lo que mostraba era solo una fachada cuidadosam