—¡Así es, en efecto me conoces bastante bien! —dijo el hombre como si estuviera dando órdenes—. Más tarde, deja que esas dos jovencitas se queden. Esta noche quiero hacer un poco de ejercicio.
—Claro, Eugenio, ahora mismo lo organizo —respondió Benicio con una sonrisa.
Benicio no podía ocultar su entusiasmo. Sabía que, si lograba agradarle, cualquier favor que recibiera de él sería suficiente para llevar su negocio a un nivel nuevo.
En la entrada del ascensor del hotel, Juan y su grupo de tres s