En ese preciso momento, alguien se dio una fuerte bofetada en la cara.
Vito, por su parte, no podía creer lo que veía, y no dejaba aterrorizado de golpearse la cara, como si intentara despertar de una pesadilla.
Sin embargo, el dolor claro y real en su rostro le recordaba que esto no era un sueño.
Mientras Juan dejaba la barra y caminaba directo hacia él, Vito comenzó a retroceder sin cesar.
—¡Es hora de que te disculpes! —dijo Juan con calma.
—Lo siento mucho, fue un malentendido de mi parte. V