Juan entendió que había llegado el momento de marcharse.
Con solo pensarlo, apareció de la nada en medio de una calle desierta. Por suerte, era de madrugada y no había nadie alrededor. De lo contrario, cualquiera que lo viera a simple vista habría gritado que era algún fantasma.
—El Santuario del Dragón…—
Juan miró hacia el colgante de jade que colgaba de su pecho, el legado de su familia, y murmuró: —¿Será posible que el señor Supremo del que hablaba Agustín sea mi padre?
Ahora comenzaba a comp