UN ÁNGEL PARA LA BESTIA. Capítulo 34.
Lo único que podía descontrolar a la bestia es saber a su ángel amenazado. Casi perderla creó en él esa arruga que se podía agrietar en cualquier instante, pero el dolor lo encegueció y capturó los fragmentos de brutalidad, crueldad y bestialidad para entregarlos al único ser que era capaz de resistirlo a ese nivel.
Los dedos se cerraron en la empuñadura del cuchillo que Marcelo incrustó con salvajismo hasta obtener un agujero por donde se abrió paso. La siguiente dosis fue puesta en el cuello