Abro los ojos lentamente acostumbrándome a la iluminada habitación, miro el reloj que está sobre la mesita de noche comprobando si ya amaneció. Cuando me percato de la hora me levanto de un salto de la cama mientras golpeo el brazo de Aidan que duerme plácidamente.
¡Rayos y centellas! Es tardísimo.
—Aidan —le llamo.
—Umm —balbucea manteniendo los ojos cerrados.
—Es tarde, despierta —le apresuro puesto que de lo contrario perderemos el vuelo.
Se remueve aún adormilado haciendo que las sabanas dej